Aquella noche estaban todos los ángeles revueltos. Sabían que iba a nacer el

Salvador y estaban esperando la orden del arcángel Gabriel para ir a adorar a

Jesús y para guiar a todos los hombres y mujeres hacia el Niño Dios. Estaban todos

nerviosos, pero muy alegres por llevar a cabo de nuevo, un año más.

Entre todos los ángeles había uno un poco despistado, cuyo nombre no recuerdo,

que andaba un poco más inquieto ese año y no sabía por qué. Quizás no había estado

demasiado atento a las consignas de los arcángeles.

Por fin salió, Gabriel, y todos los ángeles movieron sus alas de alegría: llegaba la

hora de ir a la tierra. Gabriel les dijo:

– Hermanos, un año más llega la Navidad, hay que anunciar a todos donde está Jesús

para que los corazones de todos los hombres se llenen de paz y alegría. Pero sabed que

el mundo está un poco cambiado y triste por la crisis. Os será un poco más difícil vuestro

trabajo, pero también más hermoso.

Los ángeles volvieron a mover sus alas y empezaron a salir hacia la tierra repartiéndose

por todos los lugares del mundo. Gabriel se quedó mirando al ángel despistado y sonriendo le dijo:

– No te preocupes, hermano, desde el cielo velamos por ti. Para encontrar la luz lee en

los corazones de las personas buenas.

El ángel despistado salió hacia su lugar de misión junto con los demás. Le había tocado, decían,

un lugar muy hermoso. Al llegar lo vio todo muy bonito, lleno de luces encendidas de distintos

colores, lleno de tiendas donde se podía comprar de todo y veía a los hombres entrar y salir de

esos lugares. Se paró en los escaparates y veía los regalos que todos querían comprar. Le gustaba

aquel sitio: ¡era tan distinto del cielo! ¡En el cielo no había esas cosas ni esos juguetes! Y pensó:

¡Qué bonita la navidad de los hombres!

El ángel despistado iba tan deslumbrado por lo que veía que olvidó la dirección exacta de donde

tenía que ir y el camino que debía tomar. Y se perdió… Entonces sintió frío y tristeza en su corazón.

Ya las calles no le parecían tan hermosas. Empezó a preguntar a los hombres dónde nacería Jesús

esa noche y todos se le quedaban mirando extrañados de esa pregunta tan rara. Pensaban que

hablaban con un loco y salían corriendo sin atenderle. Entonces empezó a sentir miedo también,

porque se encontraba solo y desamparado. Pensó que el camino de luces le llevarían al lugar exacto

pero solo le llevaban a los centros comerciales más grandes: ni una pista de donde estaban María

y José esperando al Niño Dios. Había venido a guiar a los hombres y resulta que él mismo ignoraba

el camino y que nadie le hacía caso. ¡Qué fracaso de ángel
Al final, caminando, y cuando más triste estaba, encontró una iglesia y pensó que sería un buen

lugar para preguntar. Entró y estaba llena de gente y se llenó de alegría. Recordó las palabras de

Gabriel de que tenía que leer en los corazones de las personas, pero no entendía nada. Esos

corazones estaban llenos de ruidos que no tenían sentido para él y le desagradaban. Así que

dejó de leer en los corazones y salió de la iglesia. Tampoco allí, curiosamente, parecía que naciera

Jesús. Volvió a deambular por las calles buscando a María y a José, pero no encontraba
El frío apretaba y el único refugio que encontró fue la misma iglesia de los ruidos de antes, que

ahora estaba vacía y en silencio. Volvió a entrar y se sentó ante el Sagrario. No sabía qué decirle

al Señor, pues sentía vergüenza por su despiste y su fracaso. Y allí permaneció en silencio. Entró

una señora mayor que se sentó a su lado y escuchó la oración de su corazón:
– Cuida, Señor a mi hijo, que está en paro y ya no tiene dinero ni esperanza.

Entró después un niño:
– Ayúdame, Señor, en los estudios y cuida de mis padres. Haz que se quieran mucho.

Y así un rosario continuo de niños, jóvenes y mayores, inmigrantes y parados, novios y estudiantes.

Así siendo invisible y leyendo sus corazones conoció sus historias, sus alegrías y sus temores. Todos

rezaban por sí mismos expresando al Señor sus necesidades o dándole gracias por las cosas buenas

que habían recibido. Rezaban también por los demás, especialmente por sus seres queridos.

Finalmente escuchó la voz de Jesús:

– ¡Ves, ángel despistado! Yo soy la Navidad, la verdadera, la más hermosa. Yo no estoy en las luces

ni en los escaparates de este mundo. Yo nazco en los corazones que en medio de las vicisitudes de

la vida, sean buenas o malas, no dejan de amar ni servir a los demás… Yo estoy siempre aquí en el

Sagrario para que esas personas vengan a hablar conmigo. Tú has escuchado sus oraciones y habrás

podido entender que el que reza es porque ama. Pero también nazco en las personas que cuidan de

sus enfermos o de sus mayores, en los niños de corazón limpio, en los jóvenes que superan dificultades

y obstáculos, en los novios que no tienen ojos más que para su pareja, en los trabajadores que luchan

por sus familias, en los parados que no se desaniman y también en los que desesperan, en los mayores

que todavía aportan luz a este mundo, en los amigos que se guardan lealtad, o en los grupos que se

reúnen en mi nombre… en todos ellos, si saben amar pondré mi pesebre este año. Búscame ahí.

Y tú que has andado tan despistado y solo puedes entender hasta qué punto es fría y triste la vida sin

mi. Ve donde encuentres un corazón necesitado de amor y tócalos con tus alas. Si puedes tráelos aquí,

y si no, haz como las buenas gentes que has visto: reza por ellos, ninguna oración cae en saco roto. Yo

estoy siempre contigo y con ellos… también cuando os despistais. Yo soy Jesús y os amo.

¡Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor!

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