Todos vivimos a diario situaciones en las que somos causantes o víctimas de alguna ofensa. Ahora bien, cuando el daño supera tu nivel de tolerancia, el sufrimiento se hace más intenso; y si se prolonga en el tiempo, pone a prueba tu resistencia mental y física. Entonces, devolver el daño sufrido, con la esperanza de recuperar el equilibrio, se te presenta como algo instintivo. Pero la venganza sólo convierte en agresor a la víctima, y no asegura la paz interior.
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Cuando alguien te ofende, al dolor le suelen acompañar la ira y el odio hacia el culpable. Ese odio, la ira y el dolor no perdonado te empujan al deseo de venganza. Y mientras perduran, te mantiene atrapado en la ofensa, reviviendo el daño en un círculo vicioso que abre la puerta al resentimiento, ese veneno sólo te hace daño a ti.
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El afán de venganza y el resentimiento son emociones auténticamente tóxicas que te desgastan con una fuerza extraordinaria que se expanden a todos los niveles de tu vida. No te permiten vivir en paz, y te mantienen en un constante estado de alerta y estrés.
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¿CÓMO SANA EL PERDÓN?
Renunciando al deseo de venganza, al resentimiento y al juicio negativo sobre el que te ha dañado. De esta forma te beneficias de un perdón que te transforma y te permite mirar otra vez hacia delante, descargar la memoria, sustituir el odio y el resentimiento por compasión y benevolencia, y restablecer e incluso fortalecer la relación previa.
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Se dice que el tiempo lo cura todo, pero no es verdad. El paso de los días ayuda a olvidar una ofensa, pero sanar la herida, y prevenir con ello positivamente sus consecuencias sobre tu propia salud mental y física, sólo lo hace el perdón.

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